EL RELATIVISMO

La convivencia en un mismo país de personas que pertenecen a culturas distintas y que, por tanto, se atienen a normas de conductas también distintas, está en el inicio de la reflexión ética. Sucedió en la antigüedad griega y está sucediendo entre nosotros. Cuando todos nos comporta­mos de una manera semejante y nos ajustamos a las mismas normas de conducta, no existe con­flicto moral y no nos preguntamos qué sentido tienen esas normas. En cambio, cuando las nor­mas son diferentes, la pregunta es inevitable. ¿Cuál de las normas es la correcta? ¿O es que to­das esas normas pueden ser válidas?

Según sea la respuesta que demos a las dos preguntas anteriores, así será la postura moral que defendamos. Si consideramos que, cuando hay conflicto entre normas, sólo una de ellas puede ser la verdadera, entonces estamos defendiendo una postura llamada “dogmatismo”. Si pensamos que todas ellas pueden ser válidas, estamos defendiendo una postura llamada “relati­vismo”. Según el dogmatismo, lo que está bien y lo que está mal no pueden cambiar. Bueno y malo son valores absolutos, independientes de las circunstancias sociales o históricas. Según el relativismo, no hay nada que sea bueno en sí o malo en sí. Lo bueno y lo malo dependen de las circunstancias que rodean a nuestras acciones.

El relativismo ha sido una teoría que con frecuencia se ha entendido mal. Hay una forma exagerada de entender el relativismo, que es la del “todo vale”. Lo que hoy es bueno, mañana es malo o viceversa. En realidad, eso no es relativismo. Decir que cualesquiera normas y, por tanto, cualesquiera comportamientos son válidos, incluso los más opuestos, es negar el sentido de la norma, y en consecuencia, el campo moral. El auténtico relativismo o relativismo mode­rado viene a decir que el valor de una norma está en relación –de ahí la palabra “relativismo”– con las condiciones que afectan a nuestras acciones, y que pueden ser de muy diverso tipo, psi­cológicas, económicas, sociales, polí­ticas, históricas, etc. No es que todo valga, pero el valor de algo puede cambiar, si cambian las circunstan­cias.

Este relativismo moderado es compatible con el universalismo ético, para el que hay valo­res o principios que tienen carácter universal y son aplicables a todas las sociedades humanas por el hecho de ser humanas. Las leyes o normas sociales pueden cambiar, pero no los princi­pios éticos, o al menos algunos de ellos, que son universales a todos los hombres.

El relativismo se puede comprender mejor con algunos ejemplos. En nuestra sociedad se considera una norma moral básica “no robar”. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hay cir­cunstancias excepcionales en las que esa norma no se ha cumplido. ¿Cuándo? En situaciones de guerra o de revolución se han producido apropiaciones de recursos ajenos, que luego se han legitimado con un tratado o con una nueva legislación. Otra norma básica es “no matar”. Sin embargo, tenemos constancia de que en tribus primitivas nómadas las personas ancianas y en­fermas eran abandonadas a su suerte, lo que equivalía a una muerte segura.

El relativismo tiene entre sus virtualidades, no sólo el haber sido la primera teoría ética formulada en la historia del pensamiento, sino también el haber constituido y seguir constitu­yendo el mejor fundamento ético de la democracia. En una sociedad democrática todas las deci­siones importantes se toman por acuerdo de los ciudadanos o sus representantes. Sucede con la Constitución, que es votada en referéndum; sucede con el resto de las leyes, que son vo­tadas por nuestros representantes en el Parlamento. Ser demócrata significa aceptar que uno no posee toda la verdad, que los demás poseen también parte de esa verdad, y que entre todos po­demos mejor acercarnos a ella.

Esto es lo que sucedió en la Antigüedad griega, más concretamente en la Atenas democrá­tica, alrededor del siglo –V. Todo lo relacionado con el gobierno se sometía a discusión y todo se decidía por acuerdo de los ciudadanos reunidos en asamblea. Este planteamiento democrático fue magníficamente comprendido por unos pensadores, llamados en su época “sofistas”. Para ellos las leyes sociales se diferencian de las leyes naturales en que no son necesarias sino con­vencio­nales; y como tales, son discutibles y pueden cambiarse. ¿Cómo? Convenciendo, persua­diendo a los demás ciudadanos a través de la elocuencia, a través de la retórica, en la que los sofistas eran maestros.

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ACTIVIDAD 4ª

“Matrimonios interculturales”

Presentación

Las diferencias entre culturas se expresan en un triple plano: las creencias, las conductas y las normas. Cuando en un país sólo existe una cultura, no hay problema, porque las creencias, las conductas y las normas son básicamente las mismas. El problema aparece cuando en ese país confluyen culturas distintas. ¿Qué hacer entonces? Como las creencias fundamentan las normas y las normas regulan las conductas, el problema se reduce a qué norma hay que seguir.

Desarrollo

Una de las situaciones más conocidas en las que normas diversas entran en conflicto son los matrimonios interculturales. En unas culturas se permite la poligamia, en otras sólo la mono­gamia, estricta o sucesiva. Hay culturas en las que el matrimonio es un asunto exclusivo de los contrayentes, pero en otras los matrimonios son decididos por sus padres.

Cuestiones

  1. Si la legislación de un país prohíbe la poligamia, ¿se debe permitir que se practique entre aque­llas personas en cuya cultura ha sido tradicional?
  2. Si dos contrayentes pertenecen a culturas distintas, ¿qué procedimiento debe aplicarse, la monogamia o la poligamia, siempre que ésta última esté permitida en el país? ¿Quiénes de­ben concertar el matrimonio, los contrayen­tes o sus padres? ¿Qué religión es la que debe practicarse? ¿Cuáles son los derechos de cada uno de los contrayentes?
  3. ¿En qué cultura ha de hacerse la educación de los hijos? ¿En la cultura del padre, en la de la madre o en la del país en que se vive?
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ACTIVIDAD 5ª

“Los atentados del 11M”

Presentación

Cuando dos normas son incompatibles, es frecuente resolver el problema considerando que una es la buena y otra es la mala. Esta actitud se puede generalizar aplicándola a todas las cosas. El mundo, la realidad se divide en dos grandes partes: en un lado están los buenos y en el otro los malos. A esto se llama maniqueísmo. Es una actitud muy corriente, porque su simplicidad facilita nuestras decisiones, pero muy poco racional. La realidad es siempre más compleja, no hay nada absolutamente bueno ni absolutamente malo.

Desarrollo

Los terribles atentados de Madrid del 11 de marzo llevaron a dos políticos en ejercicio, el que era presidente del gobierno, José Mª Aznar, y el secretario general del principal partido de la oposición, José L. Rodríguez Zapatero, a enfrentarse con gran dureza sustentando dos hipóte­sis explicativas radicalmente opuestas. Para el primero el culpable de los atentados era ETA. Para el segundo el culpable era Al Qaeda. Ninguno de los dos llevaba razón, porque los culpa­bles eran unos cuantos delincuentes marroquíes, manejados por no se sabe qué oscuras manos. Probablemente no se descubra nunca a los auténticos autores.

Propuesta de trabajo

Escribe una carta a cada uno de estos dos políticos, explicándoles que las posturas mani­queas no sirven para resolver los problemas, ni para averiguar el origen de los atentados.

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ACTIVIDAD 6ª

“El hombre como medida”

Otra manera de resolver el conflicto de normas es aplicar la que se considere más adecuada. Pero ¿quién decide que es la más adecuada? El sofista Protágoras dijo: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Ante esta frase, ¿qué dirías?

  1. ¿De qué hombre crees que está hablando Protágoras? ¿Del hombre en general, del hombre individual o del hombre ciudadano, o sea, del hombre reunido en asamblea (él mismo o sus representantes en el Parlamento)?
  2. ¿Quién debe decidir la norma que ha de aplicarse? ¿Tus padres, el gobierno, el parlamento, tus amigos, tú mismo?